El islam en Europa: una frontiera sin territorio

Delimitar el territorio no ha sido el único modo de trazar fronteras. Antes  de que dicha medida se hiciera por así decir oficial, característica de la  modernidad al asociarse a la génesis del Estado moderno (era parte de un  proceso que también conllevaba más igualdad entre sujetos inicialmente  desiguales: el nacionalismo fue el vínculo de unión entre ambos  movimientos del mismo proceso). Antes de eso, y prescindiendo aquí de las  fronteras fundacionales de la ciudad, de raíz sagrada pero teniendo también  al territorio como protagonista, las diversas comunidades se han escindido a  sí mismas mediante un sinfín de fronteras ideales y materiales que nada  tenían que ver con el territorio pese a ser éste común a las diversas clases y  grupos sociales que las integraban. 

El islam, en Europa, constituye una de esas fronteras no territoriales. Es,  por así decir, una especie de colonia trasladada al interior de la metrópoli. ¿Qué la hace tal, y con qué consecuencias reales y potenciales es lo que  trataremos de ver a continuación? 

Una de las sorpresas traídas por la Segunda Guerra Mundial fue la llegada  a la Europa norteña de riadas de inmigrantes. El colosal auge económico  que la siguió provocó la demanda masiva de trabajadores para cubrir los  nuevos puestos de trabajo que se crearon; millones de personas  abandonaron entonces sus hogares en el sur de Europa –Italia, España,  Portugal, Turquía, etc.– y emigraron al norte con la esperanza de rehacer y  dignificar sus vidas. Junto a ellos, compartiendo sueño, millones de  trabajadores de países situados al sur del sur, mayoritariamente 

1 

musulmanes, llegaron asimismo al norte de Europa. La idea prevaleciente  en la mayor parte de ellos era la del retorno, una provisionalidad también  compartida por los residentes de los países anfitriones. Pero fueron muchos  los beneficiarios de programas de reunificación familiar, por lo que su  residencia en los países de acogida pasó a ser permanente. 

En las décadas siguientes, el desarrollo llegó al sur europeo, originando  cambios que suponían una clara inversión de tendencias históricas: países  antaño cuna de emigrantes, como Italia o España, se convertían ahora en  países receptores de inmigrantes. Sus naturales dejaron de salir, pero a ellos  siguieron y siguen afluyendo sin tregua del otro sur –que puede estar al  este, habida cuenta de la constante llegada de trabajadores provenientes de  países del este europeo, tanto pertenecientes a la UE como no, como es el  caso de los albaneses a Italia– con el mismo sueño transmitido de  generación en generación. Y con algo más: la religión musulmana de la  mayoría de ellos, al punto que los musulmanes superan hoy los veinte  millones en la UE y constituyen de lejos la principal minoría. 

Su distribución por los diversos países comunitarios adviene grosso modo por naciones, en lo que es posible adivinar tanto renovados reflejos tribales  –ahora nacionales– que nunca abandonaron a las sociedades islámicas a lo  largo de su historia, como un hecho estrictamente funcional: los que  emigran hoy van donde tienen conocidos, parientes o amigos, que les  facilitarán la inserción. Pero en la elección de los lugares de residencia  

pueden intervenir otros factores que, en igualdad de condiciones y ante la posibilidad de elegir, inclinan la balanza, como las especiales relaciones  mantenidas por las viejas metrópolis –Inglaterra, Francia– con sus antiguas  colonias; por eso no es casual que las minorías nacionales prevalecientes en  Gran Bretaña (en este caso no siempre musulmanas) sean las constituidas  por indios y pakistaníes, o la argelina y tunecina en Francia. Más azaroso es  que predominen los iraquíes en Suecia, los turcos en Alemania, los somalíes  (y pakistaníes) en Noruega, los marroquíes (y turcos) en Bélgica y Holanda,  y ahora en España, si bien puedan hallarse algunos motivos históricos o  geográficos que expliquen los nuevos destinos de las antiguas etnias. 

Dos han sido con preferencia los modelos seguidos para la integración de  los recién llegados: el multiculturalista y el asimilacionista, básicamente  opuestos entre sí. El primero, en efecto, propende a la igual atribución de  los mismos derechos culturales a todos los ciudadanos de un Estado, por lo 

2 

que si existen varias culturas coexistiendo en él debe reconocerlas todas…  por igual. Lo que es decir que debe discriminar entre ellas y otorgarles a  cada una lo suyo. El segundo, niega toda participación del Estado en un  ámbito tan privado como es el cultural, por lo que no puede ni debe  establecer ningún derecho especial, ningún privilegio discriminatorio entre  los ciudadanos, pues supondría la violación del intangible principio de la  igualdad ante la ley, característico de todo Estado de Derecho y condición  de la mismísima libertad. En Europa, Gran Bretaña, Holanda y  Escandinavia han optado por el multiculturalismo, en tanto Francia y  Bélgica se han decantado por la asimilación (en otros países, como  Alemania, se ha querido creer que los inmigrantes eran aves de paso, por lo  que no era necesario plantearse el problema de su integración). 

A todo esto es menester añadir una doble puntualización; la primera es  que la realidad es siempre más sofisticada que la teoría, mucho más  coloreada que ésta y más propensa tanto al matiz cuanto a la síntesis. De ahí  que lo que la realidad enseña frente a los modelos es, más que su  contraposición, su mezcla, el carácter híbrido de los mismos aunque acepte  en unos casos la dominación del primero sobre el segundo y en otros lo  contrario. Ilustremos esto con dos ejemplos: pese a la oficial retórica  asimilacionista, en la Francia de los años sesenta el reparto de viviendas  sociales se hizo a partir de cuotas asignadas a las diversas comunidades  étnicas. Mientras, en el bando opuesto, Gran Bretaña asistía en plena  escuela pública al asombroso espectáculo de prohibir el hijab o velo  islámico en unas y aceptarlo en otras; incluso en la modélica Holanda, la  educación multiculturalista se veía contrarrestada en el ámbito laboral por  modelos de inserción universales, privados de toda discriminación positiva  hacia el inmigrante. 

La segunda puntualización consiste en lo siguiente: si alzamos nuestra  mirada para abarcar también Norteamérica y no sólo Europa, observaremos  que aquí, y en especial en Canadá, la integración ha sido más fructífera que  en el Viejo Continente, y que el modelo seguido por Canadá ha sido el  multiculturalista. Pero no conviene dejarse deslumbrar por ello, ni siquiera  cuando observamos el funcionamiento de la sharía para regular  determinados comportamientos de los musulmanes en el ámbito privado.  Porque todo eso, al igual que las concesiones privilegiadas antaño  concedidas a judíos o cristianos, tiene un tope normativo irrebasable: los  derechos humanos y los principios fundamentales del Estado democrático. 

3 

No se trata, por tanto, de multiculturalismo en sentido fuerte, que algunos  confunden con el comunitarismo, sino de la sanción positiva del elevado  nivel de reconocimiento al que la diferencia puede aspirar en una  democracia digna de tal nombre. Y para lo que, desde luego, no puede  servir de excusa, como pretende Tariq Modood, la afirmación de que la  ciudadanía multicultural conlleva un vínculo entre “unidad y pluralidad” y  entre “igualdad y diferencia”, pues ni toda pluralidad es finalmente  reductible a unidad ni todo vale igual (ni siquiera cabe afirmar que todo  vale), para felicidad de un stalinista, un hitleriano o un yihadista. 

La referencia al mejor funcionamiento práctico del modelo  multiculturalista nos devuelve a la inversa la imagen de una Europa en la  que un menor éxito o, incluso, el fracaso sin más, ha sido el resultado de las  políticas de integración. También aquí el citado modelo parecía haberse  revelado superior al rival, claramente cuestionado por las revueltas sociales  llevadas a cabo por hijos de inmigrantes de segunda o tercera generación  durante el otoño de 2005 por buena parte de Francia, y reproducidas, si bien  a menor escala, un año después. Pero el asesinato a manos de un integrista  islámico holandés de origen magrebí del director cinematográfico Theo van  Gogh por haber denunciado la situación de la mujer en el islam, o los  infinitamente más virulentos atentados mortales de Londres a cargo de  extremistas islámicos han puesto en cuestión la validez de los modelos  seguidos habida cuenta de algunos de sus resultados. 

Decenas de años de inmigración habían quizá bastado para sacar al islam  europeo del anonimato social, cierto, pero lo que lo ha hecho  definitivamente visible y marcado su entrada en el ámbito público ha sido  lo mismo que en Occidente le ha hundido en los bajos fondos de la historia,  es decir, su asociación con los atentados, las amenazas, el terror. Se trata a  mi juicio de una sentencia injusta, pues la culpabilidad se la reparten, bien  que desigualmente, los prejuicios de los europeos, que confinan tácita o  explícitamente con el racismo, y el meollo de la cultura islámica, cuya 

frustración histórica, su negativa a reconocerse responsables de su situación  y su aguerrido odio antioccidental ha sido el gran agujero negro que ha  dado cobijo a los que en su nombre diseminan el terror en Occidente, le han  declarado la guerra y aspiran a su extinción. Una sentencia, empero, que no  es definitiva, sino reversible por ambas partes si entre ellas logran redefinir  los términos de su actual contrato social. 

Y es que, al contrario de cuanto sucedió con la ya lejana emigración  musulmana a EEUU, que llegaba a un país gigantesco construido a base de  una inmigración a gran escala –de ahí su difusión geográfica, su dispersión  étnica e incluso su bienestar–, la que llegó a Europa lo hizo sólo tras la  Segunda Guerra Mundial, a países de acogida algunas veces diminutos y, en  cualquier caso, de fuerte raigambre histórica y acusada identidad, y se  estableció por grupos nacionales. Su condición era la del débil frente al  fuerte cuando los miraban desde el punto de vista económico, tecnológico e  incluso político y cultural (al menos durante un cierto tiempo): y de ahí su  odio a Occidente; y la del fuerte frente al débil cuando los miraban desde el  punto de vista religioso, deplorando su ateísmo, su materialismo y su  corrupción: y de ahí su desprecio a Occidente. Enfatizaban la dimensión  religiosa para explicar una minusvalía que la historia había transformado en  estructural frente a los europeos y en la que ellos no eran ni puros ni  inocentes, así como para defenderse a sí mismos de su propia admiración  respecto del enemigo; enfatizaban el desprecio para defenderse de las  raíces del odio, y aumentaban el odio para mejor olvidar la cara oculta de  esa ambigua luna constituida por su propia historia. 

Los musulmanes llegados a Europa quedaron fuertemente apegados a su  cultura de origen, a sus tradiciones, sus creencias, su fe, tanto más cuanto  que, al reivindicarlas, preservaban sus formas de vida originaria al tiempo  que desechaban (o combatían a veces) el statu quo que les habían forzado a  practicarlas en territorios adversos, esto es: la situación política de los  

respectivos países de proveniencia. La oposición a los valores europeos era  flagrante, pero el enfrentamiento entre ambas sociedades se demoró hasta  que la irrupción del terror dio una salida a quienes se habían sentido  traicionados en sus expectativas y mutilados en sus intereses. Al principio,  en efecto, y como señalé anteriormente, se buscó su integración, pero los  efectos igualitarios de la inserción laboral e incluso de la concesión de la  ciudadanía a muchos de ellos nunca tuvieron la fuerza suficiente como para  derribar las barreras del prejuicio nacional, o del racismo tout court –que  resucitaba con ellos luego de una larga etapa de vacaciones fuera del alma  europea a causa del oprobio que en ella produjo la persecución nazi a los  judíos–, que siempre los consideró ciudadanos de segunda. Ahora bien, es  necesario volver a insistir en que el victimismo segregado por su propia  autodefinición religiosa y su inherente sentido de la irresponsabilidad por lo  sucedido, no ha hecho sino propiciar su reticencia al cambio y transferir la  entera culpabilidad por la situación a quien, en el mejor de los casos, es  sólo corresponsable. No obstante, por mucho que se quiera refrenar el enfrentamiento en curso,  por mucho que se quiera disimular en un choque de (auto-)percepciones el  inevitable choque de civilizaciones –mejor habría que decir de culturas,  pues civilizaciones sólo hay una–, antes o después aquél tendrá lugar. El  disimulo mismo recién citado o el beato deseo de una confraternización o  de una pía concordia social entre el islam y Occidente forman parte del  conflicto en acto más que de su posible solución: al menos, mientras las  cosas permanezcan como están. Aunque, eso sí, el enfrentamiento no tiene  por qué recrudecerse mañana como choque ni éste, pasado, como violencia  y terror. Forma parte de la condición humana la reversibilidad de la  conducta, como forma parte de cualquier fanatismo, político o religioso –y  en el islamismo coinciden–, mantenerse constante como la estrella polar,  como decía el Julio César de Shakespeare. Se requieren cambios, de  actitudes y parcialmente de mentalidad en los europeos y occidentales en  general, pero de principios, de hábitos y, desde luego, de mentalidad en el  islam. De lo contrario, el antagonismo entre libertad de expresión y  fideísmo religioso, entre libre elección del propio modus vivendi y la  obligatoriedad de vestir determinadas prendas femeninas, entre igualdad de 

géneros y subordinación de la mujer al hombre, entre laicismo y sharía o  entre convivencia pacífica y apoyo al terrorismo se arriesga en degenerar en  violencias de todo tipo: en conflictos cada vez más armados y en el terror. 

Cabría decir, simplificando, que el conflicto entre Occidente e islam es el  estructuralmente existente entre democracia y totalitarismo. Desde mi  punto de vista es absolutamente inevitable, por cuanto el musulmán vive  hoy junto al occidental en su propia casa: que es, o debe ser, casa de ambos.  Y del islamismo moderado dependerá que dicho conflicto tenga lugar a lo  largo del tiempo, bajo cierto control de los actores que lo viven, con cierta  responsabilidad compartida, entre mediaciones y negociaciones que hagan  la tarea menos pesada y los daños más soportables; o bien, que el islam  moderado se mantenga de lado y ceda su espacio y su voz a los extremistas,  en cuyo caso sólo el peor de los escenarios será el único escenario posible.  Que la cooperación es posible lo pone de manifiesto los muchos niveles, y  sobre numerosas materias, ya existentes. Que no es segura lo pone de  manifiesto el viento de cola que hoy mueve a los fundamentalistas.  Otra consecuencia es igualmente cierta: dada la autonomía cobrada por  los predicadores del terror, el mantenimiento de la cooperación producirá  una escisión, otra más, en el mundo aparentemente unitario del islam.  Conviviendo en un mismo territorio, una sociedad abierta y una sociedad  cerrada nunca lograrán mantenerse permanentemente aisladas la una de la  otra ignorándose entre sí; el roce continuo al que el día a día las sujeta  producirá el desgaste de ambas y una necesaria permeabilidad mutua. Los  dados de su destino ya han sido lanzados, y la alternativa es clara: o ganan  las dos al punto de convertirse en una sola –es decir, algo muy diferente de  esa plural jurisdiction propuesta por el Arzobispo de Canterbury en su  discurso del 7 de febrero de 2007 en la Royal Courts of Justice de Londres– que ha logrado aumentar el caudal de diferencias contenido en unas mismas  reglas de juego para todos, o pierden las dos. Y si pierden, lo perderán todo,  se perderán absolutamente.

Ahora bien, ¿qué es lo que ocurre hoy? O por plantear la cuestión con una  cierta perspectiva histórica: ¿a qué resultados ha abocado el doble modelo  integrador antes señalado? Nada mejor al respecto que predicar con los  ejemplos, algunos de ellos sobradamente conocidos. Hace ya casi dos años  París, o mejor, algunos de sus barrios marginales, volvía a parecer el teatro  de una revolución. La muerte de un francés hijo de inmigrantes abrió la  espita de la protesta social, y miles de jóvenes, hijos de inmigrantes pero ya  franceses de segunda o tercera generación, desencadenaron una ola de  protestas que rápidamente se propagó por gran parte de Francia  convirtiéndola en un gigantesco incendio que dejó estupefacta y  aterrorizada a la sociedad francesa. Decenas de miles de automóviles fueron  pasto de las llamas, el mobiliario urbano de la zona completamente  destrozado, como también escaparates y símbolos de la República, hubo  violentos enfrentamientos con la policía, etc.: ése fue el paisaje material  después de la batalla. El rencor de unos por la discriminación que sufrían,  pese a la proclamada igualdad legal, y la falta de expectativas para su  futuro; el miedo y la sorpresa de otros ante la inopinada y brutal aparición  de un monstruo desconocido hasta entonces y el espontáneo derrumbe de un  mundo de certezas, liberaron los odios de ambos y sus prejuicios  respectivos, dividiendo la sociedad en dos asimétricas mitades antagónicas. Ése fue el paisaje psicológico-espiritual después de la batalla.  

Y, en medio del escenario, el cadáver de un modelo de integración en la  plenitud de su fracaso. La disparidad de valores y modos de vida  manifestada con la llegada de la primera generación de inmigrantes revelaba ahora la carga trágica que contenía en su seno; la necesidad de  mano de obra, tanto como la mala conciencia por la contemporización,  cuando no la directa colaboración, con el régimen nazi, ocultó bajo un velo  de optimismo ingenuo y de inocencia culpable el potencial conflicto,  creyendo la asimilación una mera cuestión de tiempo. Era ahora, ante el  cadáver, con muchos de los enemigos pasados ya al bloque del terror  yihadista, cuando la sociedad advertía que el tiempo, que debía ser la  solución, se había convertido en parte del problema. 

Los acontecimientos franceses revelaron, pues, el fracaso de la  asimilación como modelo de integración. Ahora bien, ¿cabe decir lo mismo  del modelo opuesto, es decir, del multiculturalismo? Al fin y al cabo,  algunos de los hechos más dolorosos y trágicos que lo denuncian son obra  de unos pocos: fue uno solo quien asesinó al cineasta van Gogh en Holanda, 

y unos pocos quienes llevaron a cabo los terribles atentados de Londres del  pasado año, en los que, además, hubo participación exterior. Es un  argumento aducido por diversos sociólogos con el que intentan circunscribir  la tragedia, y con saludable optimismo declarar que el mundo islámico es en  su inmensa mayoría ajeno a esas manifestaciones de barbarie, por lo que es  complejo pero factible, además de obligado, llegar a pactos con él.  Personalmente, creo también que esto último es necesario, pero considero  asimismo que el contenido de tales pactos se le habrá de imponer en buena  medida, porque, en mi opinión, lo que estos hechos alumbran, más aún que  el defecto de integración de los musulmanes en las sociedades europeas, y  un grado de responsabilidad de sus ciudadanos en el mismo, es la infinita  dificultad del mundo islámico para democratizarse. 

Por ello, cuando el arzobispo de turno propone reconocer la validez del  arbitraje de la sharía en determinados conflictos en el interior de las  comunidades musulmanas inglesas, no sólo da por definidos una medida y  un instrumento de justicia que están lejos de serlo –ésa fue la respuesta que  le dio desde openDemocracy Fred Halliday–; no sólo legitima las  injusticias normativas que conlleva –un hombre vale dos mujeres, por  ejemplo–, contrarias tanto a la legislación inglesa como a los derechos  humanos, sino que les está dando la cuerda de la que seguir tirando para  exigir cada vez más la plena vigencia de dicha ley entre los musulmanes  occidentales. Es decir: está acercando el estallido del conflicto. Pero quizá  no sea sólo imprudencia lo que hay tras el raptus multiculturalista de  Rowan Williams, pues lo que el arzobispo está realmente criticando es el  concepto de ciudadanía legalmente vigente, es decir, la idea de que “ser  ciudadano es lisa y llanamente hallarse bajo el dominio de la ley uniforme de un Estado soberano [subrayados míos], al punto que cualquier otro tipo  de relaciones, compromisos o protocolos de conducta pertenecen  exclusivamente al ámbito de lo privado o de la elección individual” (he tomado la cita del texto del teólogo Theo Hobson). Vale decir: lo que aquí

se está poniendo en cuestión es el hecho mismo de la secularización y de su  consecuencia laica, la separación entre religión y política con el  confinamiento de la primera al ámbito de lo privado y la neta superioridad  de la segunda en el ámbito público. Como se ve, la religión (monoteísta) es  religión se vista de seda o no, pretende poderes sociales con independencia  de que el derecho vigente se los atribuya o no y de las creencias del  conjunto de los miembros de la sociedad, ateos y laicos incluidos:  protestantismo e islamismo, en efecto, coinciden en algo más que en la  severidad decorativa externa de sus respectivos centros de culto. 

Volvamos a los ejemplos, y empecemos con uno menos conocido: uno  más vulgar, ignorado del gran público pese a su –tímida– aparición en los  periódicos, y con el agravante de haber sido cometido por un islamista  anónimo. Se trata de una historia anodina de un islamista común. Hará unos  dos años fue asesinada en Berlín una joven turca de 23 años, a cargo,  probablemente, de sus propios hermanos. Éstos, en efecto, justificaron de  inmediato el asesinato por una “cuestión de honor”. ¿En qué les había  deshonrado la infausta víctima? La periodista que dio la noticia indagó  entre amigos y allegados de la familia, y las respuestas que encontró,  emitidas como otras tantas causas probables del crimen a la vez que como  justificaciones del mismo, fueron las siguientes: “la mataron porque tenía  amigos alemanes”, dijo uno en tono reprobatorio (la asesinada, digámoslo  ya, hija de inmigrantes turcos, había nacido en Alemania); “rompió las  reglas”, dijo un muchacho, y la misma respuesta dio una muchacha; “ella  tuvo la culpa”, recalcaron algunos amigos de los inculpados. Y la respuesta  final dada por uno de los hermanos: “La muy puta andaba por ahí como una  alemana”. 

He ahí la mentalidad y la conducta de inmigrantes musulmanes turcos  normales –quiero decir: no vinculados con ninguna red terrorista, esto es:  no extremistas– de segunda generación, residentes en la cosmopolita Berlín. ¿Excepción o regla? Me gustaría pensar que lo primero, pero algunas de las  circunstancias que rodean al crimen, como el hecho de ufanarse del mismo  los presuntos culpables o la naturalidad con la que se contempla una acción  tan irreversible como necesaria a fin de restaurar el honor familiar, hacen  pensar que, en el mejor de los casos, se trata de una excepción tan familiar  como la regla. Y con material semejante, ¿quién sería el artista capaz de  moldear la figura de un demócrata? ¿Cómo convivir democráticamente con  hombres de fe como ellos? ¿Quién podría convencerle de la justicia de la 

10 

igualdad de géneros, de la autonomía personal de cualquier ser humano, sea  hombre o mujer, del derecho a elegir familia, amistades, valores,  comportamiento, en suma: vida? La identidad adscriptiva se impone una  vez más a la identidad electiva, cambiante, temporal, con la que cada uno  forja su personal destino. Son las “identidades asesinas” de las que hablara  Amin Maalouf, pasando ritualmente a la acción. 

Veamos ahora de cerca al asesino de Theo van Gogh. Pero antes,  recuérdese que el fracaso del modelo asimilacionista se debía tanto al hecho  de seguir considerando franceses de segunda –es decir: extranjeros– a los  revoltosos, como al hecho de haber privado a su futuro de destino. De  hecho, muchos intelectuales dignos de otro nombre hablaron en su día de  esa carne de cañón como la materia prima de los futuros terroristas: había  una línea entre, por el ejemplo, el futuro suicida y la pobreza y la  desesperación de las que provenía. Aún no se había advertido su condición  de letrados y acomodados, psicológicamente débiles o ingenuos, en las que  se inoculaba un cóctel de fanatismo religioso, coacción psicológica,  glorificación del suicida y deshumanización de las víctimas. Debería  haberse observado más de cerca al asesino de Theo van Gogh. 

Éste había nacido en la Holanda multiculturalista que había construido un  Estado social de Derecho del que también los inmigrantes obtenían pingües  beneficios sociales y personales, y justamente reconocida por su legendaria  tradición de tolerancia hacia las minorías. El Estado del bienestar les  prodigaba beneficios, empezando por facilitarles alojamiento y la compra  de viviendas propias; había discriminación positiva hacia ellos y clases en  el idioma elegido; impuestos holandeses financiaban escuelas religiosas y  mezquitas, y la televisión pública emitía programas en árabe marroquí.  Mohammed Bouyeri, el asesino, hijo de inmigrantes marroquíes aunque  nacido en Europa, y alumno brillantísimo, percibía un subsidio público por  hallarse desempleado cuando cometió su crimen. Proseguir con el recuento  de su biografía nos llevaría a un mundo aún más tenebroso, el del peligro  que representa para Europa la formación de células terroristas en suelo  propio, compuestas por europeos, y en relación con Al-Qaeda. Pero no lo  vamos a hacer. Nuestro objetivo, el de mostrar en un ejemplo característico,  el de un joven musulmán europeo, letrado y brillante, aculturado en dos  culturas y satisfechas sus necesidades, en el momento de la scelta, como  dicen en Italia, prefirió escuchar la llamada de la selva a vivir como  demócrata entre otros demócratas como él, recluirse en la cueva de las 

proclamas incendiarias dictadas por la sinrazón y el odio del terrorismo  neosalafista antes que seguir su peculiar daimon, que diría Sócrates, en  renovada prueba de que la madurez del intelecto poco tiene que ver con la  fortaleza del carácter. 

Algo similar cabe decir de los terroristas suicidas que años atrás se  inmolaron en Londres sacrificando con sus vidas las de trece personas más.  Similar, pero más grave, y no sólo por el número de víctimas. También  porque, como el asesino de van Gogh, eran cultos, tenían cubiertas sus  necesidades y habían nacido en la propia Inglaterra, pero a diferencia de  aquél, inestable, revoltoso y desempleado (aunque percibiendo el  correspondiente subsidio público por ello, según dije), éstos se hallaban  perfectamente integrados en el mundo laboral y social. Su reacción, no  obstante, fue aún más extrema que la de aquél pese a su mejor condición  personal, tanto en el trabajo como en la sociedad, ejecutando sin rechistar  instrucciones consistentes en morir matando inocentes conciudadanos  suyos, que tenían de culpable a sus ojos el ser miembros de una sociedad  que ha sido demonizada como irremediablemente perversa por quienes en  el mundo musulmán se erigen en jueces del bien y del mal, arrogándose las  competencias de un dios que dispone a su antojo de la vida de los demás. 

¿Excepción o regla? Pese al daño terrible, eran pocos, y el islam, pues,  sale indemne del hecho: e intactas las posibilidades de renovar su peculiar  contrato social con Occidente. ¿Excepción, pues? ¿Inocencia islámica,  pues? Y de rebote: ¿éxito del modelo multiculturalista de integración? En  mi opinión, nada de eso. Después de todo, ¿a quién interesaba más  demostrar esa inocencia frente a quien extermina en su nombre que al  propio islam? Sin embargo, en el coro de manifestaciones de duelo por la  masacre, la voz islámica era la menos perceptible de todas. ¿Cuántos  musulmanes salieron a la calle en señal de luto y de protesta ante tan  inaudito asesinato, cuántos lo hicieron en otros países de la UE: y cuántos  finalmente en los propios países musulmanes? La simple pregunta ya  avergüenza. 

Sobre todo, si la comparamos con las enfurecidas riadas que sí salieron  por doquier en el mundo islámico en protesta contra unas simples viñetas  publicadas en un diario danés que caricaturizaban al profeta Mahoma, sin  distingos entre islamistas radicales e islamistas moderados, con la  asombrosa guinda de una Arabia Saudí, Estado integrista y corrupto donde 

los haya, en el papel de nuevo Hamlet –“algo huele a podrido en  Dinamarca”–, que expulsa al embajador del país escandinavo y encabeza la  exhortación al boicot comercial de los productos daneses. Ahí se vio la  rara facilidad que tienen para conectar el islam radical y el moderado, o, si  se quiere, el cariz radical natural del islam. Por lo demás, semejante delito 

aún no ha prescrito para algunos de tales posesos, como la reciente  detención preventiva por parte de la policía danesa de cuatro individuos que  supuestamente querían atentar contra un periodista del aludido diario ha  puesto de relieve. 

Es cierto que en la propia Europa, y de la boca de algunos intelectuales,  en especial franceses, surgieron protestas contra las viñetas,  considerándolas un insulto a los creyentes en un bochornoso canto  encubierto a la censura; y lo mismo ocurrió con algunos políticos, como el  presidente del gobierno español, que, como tantos otros, y sobre todo, como  la totalidad de los musulmanes, consideraban que sus creencias eran  sagradas y que era faltarles el respeto someterlas a ese tipo de crítica. 

Apelaciones a la responsabilidad, a la auto-contención eran la forma de  invocar las delicias de la auto-censura. Y es también cierto que cuando se postula el diálogo entre islam y  Occidente se suele presentar dicho caso como exponente de lo mal  preparada que está Europa para el mismo, pues el hecho muestra que ha  entendido poco del islam y menos aún de la posibilidad –una forma débil de  invocar la necesidad– de volver a contemplar la religión en la arena pública.  Y hasta se pretende fortalecer tan innovadora idea recordando los motivos  espurios subyacentes a la publicación de las citadas caricaturas, para lo que  se trae a colación la declaración –sin duda racista y merecedora de  reprobación– de Flemming Rose (editor de las páginas culturales del  Jyllands Posten) al New York Times: “La gente ya no está dispuesta a pagar  impuestos para sostener a alguien llamado Alí que viene de un país con una

lengua y cultura diferentes, y que está a 5.000 millas de distancia”  (12/II/2006). 

De cualquier modo, lo que sí han percibido todos con claridad es que lo  que está en juego aquí es la dialéctica islam/democracia, representada por  uno de sus hitos: la libertad de expresión. Para los musulmanes y  determinados intelectuales y políticos europeos, las creencias religiosas son  tan sagradas como el objeto sacralizado con ellas, y deben ser inmunes a  toda crítica. Para los demócratas, la frase que el diario francés France Soir escribía en su portada del 1 de febrero de ese mismo año nos sirve de  emblema: “Sí, tenemos derecho a burlarnos de Dios” (también nos vale otra  frase acuñada en un manifiesto publicado por otros intelectuales franceses:  “tenemos la libertad de blasfemar”). Lo realmente inaudito del bando de los censores es que parecen haber  olvidado que la democracia se hizo justamente contra la religión –la  católica, en aquél entonces– y contra el poder absoluto del rey, con su  derecho a censurar incluido. ¿Era bueno frente al catolicismo lo que ahora  es malo frente al islam? ¿O también era malo entonces, cabría preguntar?  La democracia se ha construido sobre el suelo de la secularización: ¿hay  que volver a reunir política y religión porque haya muchos creyentes,  incluso muchos creyentes que hacen política? ¿Y cómo se hace, se une la  política a una de ellas, a varias o a todas: y cómo se hace cuando los  preceptos religiosos choquen entre sí o con los políticos? Y si la creencia  religiosa musulmana no es criticable, ¿se podrá volver a criticar la creencia  religiosa cristiana, judía, budista, etc.? ¿Y las creencias de los ateos, serán  declaradas también religiosas y por tanto inmunes a toda crítica? ¿Y cómo  solucionar la contradicción de hacer inmune a toda crítica el dogma democrático de que toda creencia es criticable? Lo peor es que alguien  encontrara solución a semejante galimatías, pues significaría que el entero  territorio de la vida social, por una razón u otra, pero siempre sagrada,  quedaría vedado a la crítica. ¿Quién sería el beneficiario en este caso, la  democracia o el totalitarismo religioso (en general, no sólo el islámico)?  ¿Qué nos dirán en su momento los sesudos demócratas tan respetuosos de  las creencias sagradas el día que asistan al entierro de la democracia por  obra de la religión?

A lo largo de estos ejemplos nos hemos topado con individuos nacidos,  criados y educados en Europa, aunque de religión islámica, insertos la  mayor parte de ellos, si no todos, en el mercado laboral y la mayoría  también en su propia sociedad, que no han sentido el menor escrúpulo en  asesinar a otros por motivos tan peregrinos como el honor familiar, o tan  abstractos como el odio civilizatorio universal a sus sociedades de acogida;  y con individuos –muchos, simples inmigrantes; otros muchos inmigrantes  ya europeos– que ante la crítica a sus creencias protestan en masa y con  violencia –consignas como Bin Laden volverá se oían desde sus trincheras al tiempo que, fuera de Europa, sus correligionarios amenazaban a  Occidente y a los occidentales, destruían iglesias con los fieles dentro y  asesinaron, en días consecutivos, a varios sacerdotes católicos–, pero que  apenas si se hacen oír en señal de protesta por los asesinatos de inocentes,  cuyo crimen había sido el querer abandonar la tribu, como en el caso de la  muchacha turca; alzar la voz contra la degradación de la mujer en el islam,  o, lo más delirante de todo, simplemente el estar allí, en aquellos autobuses, 

en el momento de la deflagración. Todo ello, insistimos, pone de relieve la terrible e inmanente dificultad  del islam para democratizarse o, incluso, para convivir pacífica y  democráticamente junto a otros que ni profesan su credo ni practican sus  modos de vida. Todo ello, por lo demás, se confirma de inmediato si,  alejándonos de nuevo de Europa por un momento, acudimos a países donde  el islam, en alguna de sus versiones y con independencia del grado de  aplicación de la sharía en ellos, es rey. Rey tanto en la teoría como en la  práctica. Por ejemplo, un teórico como Hassan al Banna, el llamado padre  del islamismo y fundador de los Hermanos Musulmanes en Egipto,  correlacionaba partidos políticos y fitna, es decir, la discordia social, por lo  que abogaba sin más por su abolición

Abu Ala Mawdudi, fundador del movimiento islamista pakistaní,  propugnó por su parte una especie de régimen islámico ideal al que llamó  teodemocracia –que parece haber inspirado al actual régimen iraní– en el  que junto a instituciones representativas de la voluntad popular, un cierto  igualitarismo, la tolerancia religiosa y el ejercicio del poder no por una  clase religiosa, sino por la entera comunidad de los creyentes, redondeaba la  porción democracia del citado concepto; pero a su lado, aparecen los  elementos teocráticos que claramente la desvirtúan, y eso, en realidad,  ocurre con todos estos pensadores. Por no mencionar siquiera a los  radicales, para quienes el Corán y la sharía conforman un sistema  legislativo completo en el que no cabe ninguna otra regla, la norma es que  la voluntad popular actúa en el marco de la ley islámica, por lo cual si entra  en conflicto con ella carece de validez. Y es el ulema, es decir, el versado  en dicha ley, quien decide cuándo hay o no conflicto: es decir, quien  manda. Pero la igualdad no se rompe sólo en ese punto, sino en otros más:  la mujer continúa siendo en todas partes una minoría mayoritaria –pero aquí  la cosa viene de arriba, es decir, de Alá, que así lo dispuso en el Corán–; y  en lo concerniente a la tolerancia religiosa, ésta se predica para los  miembros de las demás religiones del libro cristianos y judíos (los dhimmi),  si bien ninguno de ellos ocupará nunca la jefatura del Estado o formará  parte del ejército. 

De la práctica, como de la teoría, también nos llegan algunas noticias  esperanzadoras junto a otras, la mayoría, que no lo son. El islamismo se ha  articulado en tres corrientes generales básicamente: la que da prioridad a la  participación en las instituciones, constituida por el islamismo político, que  rechaza por lo general el uso de la violencia; la que se centra en la  predicación para reforzar la fe y preservar la cohesión social y el sistema  moral que lo sostiene (islamismo religioso); y el activismo yihadista,  representado por Al-Qaeda y la nebulosa de grupos más o menos  satelizados por ella, cuyo objetivo es la restauración del califato y el  dominio del islam en el mundo, siendo una de las fases la destrucción de  Occidente. 

A su vez, el primer grupo, el del islamismo político, se halla segmentado  en cuatro grandes grupos: los prodemocráticos, allá donde han podido  desarrollarse, como es el caso de Turquía (y en el que se suelen incluir  Líbano, en donde Hezbolá ha participado en el gobierno, y Palestina, en  donde Hamás obtuvo una amplia y limpia victoria electoral: permítaseme 

aquí manifestar mis reservas sobre el presunto carácter democrático de  ambos movimientos integristas); los teocráticos, allí donde lideraron golpes  de Estado o revoluciones exitosas, como Sudán en los años 90 del pasado  siglo, Irán o los talibanes más recientemente); los que adoptaron estrategias  insurreccionales o revolucionarias donde se les reprimió, como en Egipto en  los pasados 60, Argelia o Siria; y los que apostaron por una apertura del  sistema donde vivían en una ilegalidad tolerada, como el Egipto actual,  Jordania y Marruecos. 

Prescindamos por el momento de Turquía. En los demás países, los  islamistas, con mayores o menores reticencias, se han mostrado sensibles a  ciertos argumentos y prácticas democráticas, pero todos ellos aparecen  cruzados por tensiones que les hacen llevar una doble vida, cuando no una  única vida disimulada: son las que derivan de los principios (religiosos) en  los que se dicen inspirar y el pragmatismo de la lucha política en la que se  hallan inmersos, en la que como fuerzas políticas aspiran naturalmente al  poder, y en la carrera por conseguirlo no raramente los principios ven  mancillada su sacrosanta pureza. De esa existencia fáustica provienen esas  “zonas grises” que tantas veces se les ha criticado, ante su falta de claridad al pronunciarse sobre el grado de aplicación de la sharía, el papel de lo  religioso en el proceso legislativo, el reconocimiento de los derechos  individuales, el estatuto personal de la mujer o la actitud ante las minorías  religiosas. 

Acabar con esa calculada ambigüedad aireada por tales fuerzas políticas  forma en realidad parte del proceso mayor de democratización de los países  en los que operan. En los cuales, y éste es uno de los grandes desafíos de  Occidente en su conjunto, como una especie de pez que se muerde la cola,  deben introducirse paulatinamente elementos democráticos antes de  declararse introducida la democracia. Es necesario que haya un mayor  desarrollo económico y que, como en Turquía, se formen empresarios y  hasta una clase media vinculada al islamismo que narcotice la seducción  ejercida por la violencia yihadista entre la juventud islámica; que durante el  proceso de transición cristalicen diversas opciones políticas, con la  consiguiente fragmentación de la opinión pública (en puridad, sólo hay 

opinión pública donde hay opiniones, es decir, diversidad, en el ámbito  público): sólo así los actuales átomos seculares esparcidos por la sociedad  podrían recogerse y articularse en una o más fuerzas; y son necesarios  arreglos políticos durante la transición que distribuyan el poder entre  diversas instituciones, promuevan un sistema electoral proporcional (al  menos al principio, a fin de dar cabida a las minorías) y creen un consenso 

social que cristalice en la creación de una constitución y contribuya a  preservarla. El pez que se muerde la cola, según dijimos, o lo que es igual: tener algo de democracia para que haya democracia. 

Con todo, desde mi punto de vista, las fuerzas generadoras de la misma en  la región provendrán, más que del interior de los propios países, de la  evolución de Turquía y del acomodo que el islam tenga en Europa. 

El caso de Turquía es el caso por antonomasia para constatar si es o no  posible la democratización del islam. Dos veces consecutivas victorioso en  las elecciones generales, ampliando en la segunda ocasión la mayoría  absoluta obtenida en la primera, el Partido de la Justicia y del Desarrollo  gobierna en solitario Turquía desde hace casi cinco años, y pese a su señas  de identidad islamistas la democracia no sólo se ha mantenido, sino que ha  aumentado en Turquía, fortaleciendo la esperanza de que no se nombre a  dos enemigos natos, a dos civilizaciones naturalmente en conflicto, cuando  se nombra al islam y a la democracia. Su ejemplo podría revitalizar a las  respectivas oposiciones islamistas y laicas en los corruptos regímenes de  oriente medio, y suscitar una fuerte mimesis entre aquéllas. 

Es verdad que no todas las señales que llegan son positivas, pues el deseo,  finalmente logrado, de elegir a un presidente islamista en un Estado  oficialmente laico, o el fomento de la presencia de símbolos religiosos en la  vida pública –el más reciente, la autorización a que las mujeres velen su  cabeza en ciertos espacios antes estrictamente reservados al laicismo, como  la universidad, ha vuelto a poner en liza a las dos almas que fracturan la  sociedad–, han disparado las alarmas de quienes consideran el apego del  partido gobernante a la democracia como mera fachada. Y, sobre todo, es  verdad que el islamismo tropieza con varios obstáculos a la hora de  desarrollar un proyecto político integrista, todos ellos de enorme  

envergadura y cada uno independiente del otro. El primero de ellos es que  junto al carácter laico aludido se alinea el principio constitucional que  transforma al ejército en garante del mismo; el segundo es el reparto de  poder consiguiente, que no raramente ha impulsado, rebasando el orden  democrático que lo quiere supeditado al poder civil, a intervenir  directamente en política, tanto mediante golpes de Estado como a través de  veladas amenazas a la clase gobernante cuando lo que ve no es de su gusto;  finalmente, el deseo de Turquía de entrar en la UE obliga a mantener la  democracia como sistema político, ya que se halla permanentemente bajo el  foco de ese selecto club. Es cierto que sin la presencia de tales obstáculos  quizá la profesión de fe del islamismo en el poder no sería tan democrática,  pero eso es hacer futurismo y lanzar un injusto dardo de escepticismo sobre  el partido de Erdogan. En realidad, los peligros que a día de hoy corre la  democracia en Turquía deriven, más aún que del islamismo, de esos focos  de tormento de su reciente historia que son Armenia y la cuestión kurda,  que en estos días ha llevado a su ejército a penetrar en el territorio del  Kurdistán iraquí. Pero volvamos a Europa. ¿Cómo podría redefinir el contrato social  estipulado con su colonia interior musulmana al punto de extraer de ahí una  fuente de energía democrática que abasteciera a los regímenes islámicos del  Magreb y de oriente medio? A muchos esa simple pregunta podría de por sí  parecerles exagerada, ya que un contrato presupone igualdad de los  contratantes y su redefinición haría pensar en que el islam está dispuesto al  cambio, cuando su más fuerte deseo es, como diría Spinoza, el de  permanecer en su ser. En efecto, mientras las iglesias cristianas han ido  aceptando, bien que a regañadientes, la secularización de la sociedad  occidental, comprendida la libertad religiosa (una aceptación claramente en  retroceso en los dos últimos pontificados, dicho sea de paso), si hay algo a  lo que el islam se opone es a una transformación con efectos semejantes en  sus respectivas sociedades, por lo que una democracia musulmana, es decir,  un islam des-musulmanizado, es para ellos algo no deseable, o mejor, ni  siquiera concebible.

Y, sin embargo, la alternativa es clara: o Huntington o el cambio; al  respecto, la primera opción no parece la más probable, porque no todos los  musulmanes pertenece a la especie subhumana del integrismo religioso; y,  también, porque de los musulmanes, sólo la minoría son chiítas, y sólo ellos  valoran positivamente el sufrimiento, al punto de santificarlo en el culto al  mártir. Los demás, la inmensa mayoría, ama la vida, y a partir de ahí cabe  hallar algún principio de acuerdo. 

A tal fin, los seres humanos disponemos de dos palancas decisivas: la  historia y la política (los dos grandes ausentes, por cierto, de la  argumentación de Huntington y de su apocalíptica sentencia). En la historia,  la idea de cambio la vemos transformada en realidad. El cambio es la  ontología de la historia. Nada hay ahistórico en la vida humana –incluida su  propia fisiología–, sino que todo alguna vez surgió, mucho pereció y el  resto, en desafío a la muerte, se transformó con la esperanza de, en el peor  de los casos, mejorar su statu quo y prolongar indefinidamente su ser en  una aristocrática y vital agonía. El todo, naturalmente, incluye a los dioses,  en especial a los monoteístas, esas bellas durmientes a las que un buen día  el príncipe de la historia, es decir, el hombre, besara en sus mejillas y les  diera vida diciendo: hágase un dios al que adorar.  En la cuestión que nos ocupa, la de la posible democratización del islam,  la historia nos revela un cambio aleccionador: el de los propios cristianos, la  mayoría de los cuales, no sé si en su corazón pero sí en los hechos, ha  acabado aceptando la libertad religiosa y el régimen que la tutela, esto es, la  democracia. ¿Quién lo hubiera dicho con sólo ir remontándose  gradualmente por su historia, y constatar que sólo en 1960 aceptó la Iglesia  oficialmente dicha libertad? Apenas un siglo antes habían adoptado el  dogma de la infalibilidad del papa en ciertas cuestiones doctrinales, y yendo  hacia atrás vemos a su totalitario gobierno intentando monopolizar las  conciencias de todos los ciudadanos de un Estado, aterrorizarlas con una  educación que era exactamente lo opuesto a lo que se debía hacer (la letra  con sangre entra), enzarzarse en guerras civiles religiosas, militares y  políticas con las sectas que se habían desgajado de ella, a esas mismas  sectas peleándose entre sí y en su interior; la vemos declararse superior a  todo poder terrenal e incluso –recuérdese a León III y su doctrina de la  plenitudo potestatis, toda una reinterpretación sui generis del dicho

neotestamentario Dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de  Dios– reclamar dicho poder como única autoridad legítima en el mundo en  cuanto la sola de origen divino. Todo eso, antes de su fase talibán en  relación al clasicismo una vez que Teodosio, tras la estela de Constantino, 

cometiera uno de los errores más lamentables de la historia convirtiéndola  en religión del imperio. Etc. La pregunta es sencilla: si se logró  domesticar políticamente al cristianismo haciéndole pasar por las horcas  caudinas de la democracia, ¿por qué no al islam? A decir verdad, aquí nos  topamos con una dificultad añadida, y es la hondura de la fe del creyente  islámico. Algo que por lo general no ocurre con el cristiano, ni el actual –o  bien un supersticioso animista que concentra a todos los dioses en uno, por  lo general una virgen, o bien, como en el caso del cristiano medio, un  simple hipócrita que hasta va a misa–, ni, posiblemente, su antepasado: ya  en pleno siglo XII, uno de los siglos de la fe, según se reconoce  tradicionalmente, los goliardos cantaban lo siguiente: “En la tierra nuestra  el dinero es el rey” (Carmina Burana). Por eso aquí es donde, más que  nunca, la política debe revelarse como el arte que es. Por lo demás, quien en la historia, intelectual o material, vea sólo el reino  del relativismo, del escepticismo y de la pérdida de los valores, se equivoca.  Sí enseña relativismo, como también, hasta cierto punto, escepticismo. Pero  no que los valores sean algo inútil o perfectamente intercambiables entre sí  (cosa ésta más propia de la versión fuerte del multiculturalismo, para la que,  primero, todo vale y, segundo, todo vale igual). Basta echar una ojeada a  una obra como la de Hobbes, que sitúa al hombre en una posición –irreal– de soledad ontológica radical, para asistir, ahí mismo, a una primera  apoteosis del ser humano, puesto que seres perfectamente separados entre sí  por sus gustos, sus opiniones, sus intereses o su posición, son capaces,  primero, de reunirse, y acto seguido de crear desde la nada, como si se  tratara de dios, a partir de su sola voluntad para defenderse de la necesidad,  un mundo completo del que todos son corresponsables. Es la condición  prometeica del hombre lo que allí se manifiesta en su total plenitud, así  como, en su caso, la capacidad de construir valores que, aunque artificiales 

–es decir: relativos, históricos–, no por ello dejan de ser vinculantes y  obligatorios, y que llevan aparejada una sanción para el posible infractor. 

Si la historia nos avala la pretensión de cambiar afirmando que el cambio,  además de posible y legítimo, es asimismo necesario, la política, de su  parte, posibilita imprimir una dirección a la necesidad. La política en cierto  sentido es la práctica de la historia, pues una vez nos dice ésta que debemos  cambiar, aquélla está lista para establecer hacia dónde, es decir: para fijar  los contenidos y mantener el control del proceso. 

No hay posibilidad de hacer política sin partir de lo que hay, como no la hay tampoco de hacer buena política dejando las cosas como están (cosa  que nunca sucede, pues se cambia hacia a peor). Y partir de lo que hay, a la  hora de establecer un nuevo y más democrático contrato social entre la UE  y su colonia islámica interna, se han de tener en cuenta los supuestos  siguientes. 

Primero: que por muy religioso que se sea, es menester aceptar que no  hay intervención divina en la historia, sino que cuanto se tiene por tal  presupone en realidad una interpretación humana (algo que un laico ni se  plantea). Es decir: que no podemos no actuar ni tampoco declararnos  irresponsables de nuestras acciones u omisiones. 

Segundo: que cuanto hacemos, cuanto creamos, se halla inscrito en el  tiempo, por lo que la remodelación del orden social de acuerdo con nuevos o renovados valores, aunque dé lugar a un novum, no surge ex nihilo, ni  consiste en la mera repetición de un modelo intemporal. Es decir: ni ley  natural inmutable ni invocación de una autoridad religiosa que defina de  una vez para siempre lo que nos proponemos construir. Todo es responsabilidad humana actual. Y en tercer lugar: que aun cuando se trata de la UE, dado que el conjunto  de los musulmanes constituye una Umma (comunidad de los creyentes)  única, que trasciende las mil y una diferencias religiosas, genéricas,  nacionales, lingüísticas, históricas, sociales o geográficas, cuanto se haga en  cualquier región del mundo islámico revierte en las demás, incluida la  europea. Es ése, por ejemplo, un principio fundamental del islamismo  yihadista a la hora de reclutar carnaza nueva para sus filas. De ahí, por

tanto, la importancia de los términos en los que se replantee el contrato en  la UE. 

Con tales supuestos, partir de lo que hay significa que la UE debe  proseguir los proyectos de cooperación con los países ribereños del  Mediterráneo o de Oriente Medio, a fin de acelerar su desarrollo, necesario  para crear una clase media, y fomentar la introducción de elementos  democráticos en sus respectivos sistemas políticos. Es sencillamente la  política del do ut des, un intercambio de bienes en el que los respectivos  beneficiarios se hallan en una situación temporalmente asimétrica: la UE da  dinero y tecnología hoy a cambio sólo de la promesa de revertir mañana una  mayor cuota de democracia. Aquí caben tanto los proyectos en curso (los  subsumidos en lo que la UE llama Política de Vecindad, entre los que  descuella la Asociación Euromediterránea, las iniciativas sub-regionales,  como la del Diálogo 5+5, que incluye a los cinco países del Magreb más  cinco países del sur de Europa [Francia, Italia, España, Portugal y Malta],  etc.), como los proyectos in nuce, a comenzar por esa Unión Mediterránea anunciada por Sarkozy durante la campaña presidencial. Es preciso  relanzar dichos proyectos, tomarse en serio las políticas de cooperación, 

ahora que a la tradicional amenaza yihadista se une la inherente al intento  de Irán de hacerse con la bomba atómica. Partir de lo que hay significa también aprovechar los elementos  potencialmente democráticos ya existentes, tanto en el campo de las ideas  como en el de la práctica. Es necesario, por ejemplo, obligar al islam a ser  coherente consigo mismo, y que no viole la idea de igualdad inmanente a la  Umma con la idea de desigualdad inherente a la valoración superior del  hombre frente a la mujer. Aunque ambas se retrotraigan hasta Alá, forzoso  es hacerles ver que Alá tuvo un mal día y que, en todo caso, en Europa  carece de jurisdicción (o que al menos no toda su jurisdicción puede estar  allí vigente, ya que además de los de la competencia religiosa, hay otros  dioses, totalmente laicos, que son más coherentes que él en esta materia).  También la idea coránica de deliberación es democráticamente  aprovechable, pese a su circunscripción en el ámbito legislativo de la  sharía. Del mismo modo, la existencia misma de partidos políticos  desvinculados del área gobernante, la renuncia a la violencia que muchos de  ellos han explicitado o el pragmatismo del que han hecho gala en su paso 

por el poder son asimismo elementos que es preciso fortalecer en aras de  una transición democrática exitosa. 

Empero, hay que ir mucho más lejos de lo que hoy hay. No sabemos ni  podemos construir con el terrorismo un conflicto político porque no  tenemos un cuadro de referencias comunes. Porque es imposible a la razón  convivir frente a quien, como dijera Dante, no ama la duda tanto como el  conocimiento, o frente a quien nunca se pregunta, como hace Niso en la  Eneida, si “son los dioses… los que infunden en nuestros corazones este  ardor / o cada uno hace un dios de su ardoroso deseo” (IX, vv. 184-185);  sino que siempre parecen hallarse dominados por esa actitud suicida –y  homicida– perfectamente reflejada en las palabras que Tito Livio pone en  boca de Aníbal poco antes de su primer enfrentamiento con los romanos,  cuando al final de la arenga a sus tropas dice: “los dioses inmortales no le  han concedido al hombre ninguna otra arma más poderosa que el desprecio  a la muerte” (XXI, 44-49). Nada hay que negociar o que hablar con quien  desea morir matando. Vivimos junto con los terroristas en Europa, pero el  territorio no es común ni delimita un mundo común, ya que esos jóvenes  musulmanes viven en un limbo, un mundo ficticio, el del califato, que no  tiene confines. Y por lo mismo, tampoco vivimos un tiempo común, ya que  nuestro tiempo lineal choca frente a esa eternidad en la que ellos creen  vivir. Y como no hay narración común, la historia no tiene desenlace  humanizado posible: desde el punto de vista político es pura violencia  improductiva, puesto que no quieren el poder en todos y cada uno de los  países en los que operan. 

Pero frente al islam moderado sí debemos aprender a transformar en  políticos los conflictos ideológicos, de suyo irresolubles porque tampoco  cabe anudar diálogo entre ellos en cuanto absolutos patrocinadores de la  Verdad. Se ha de evitar la conversión del islam en mera ideología de  resistencia y que cuando Europa diga política él conteste religión. Eso es  vital no sólo para la UE, sino para Occidente y el mundo libre en su  conjunto, porque el miedo al terrorismo está paralizando sus reflejos de  libertad, a cuya degradación asistimos desde hace años, en especial desde la  guerra de Irak, en nombre de la seguridad, del mismo modo que su  liberalismo rehúsa expandirse negando su propia esencia, esto es: entra en  conflicto con esa cuota de multiculturalismo que en nuestro mundo necesita  tutelar en su interior. Es este cierre anti-natura el que da lugar a relaciones  paradójicas que el islam ve con razón como discriminatorias respecto de él, 

como la existente en el hecho de reconocer los derechos de sus miembros al  tiempo que se les segrega socialmente, de proteger el ejercicio de sus  derechos educativos y laborales al tiempo que se les cierran los círculos  políticos y sociales. 

Es verdad que los casos del asesino de Theo van Gogh y de los terroristas  suicidas de Londres revelan que ni siquiera la mejora del nivel y de la  calidad de vida o la plena inserción laboral y social son suficientes por sí  mismas para impedir que el yihadismo siga reclutando víctimas asesinas  entre mentes débiles a las que luego se las somete a una descarga de  ideologización que acaba con toda resistencia psicológica a la muerte que  mata; que no son suficientes para, en un contexto genérico democrático, que  dejen de preferir la opción integrista; pero quizá sea también verdad que  insistiendo en ese camino es probable que tales actitudes se conviertan en  excepción y no en regla, y que cuando reaparezcan danzando su ritual de  muerte ya no quepa hablar de fracaso en la integración, porque la mayoría  despreciará la barbarie profesada en nombre de su misma fe.  

Ahora bien, el ciclo integrador, que empieza en la escuela y prosigue en la  inserción laboral, debe concluir en la política. Y al respecto, la experiencia  belga debe ampliarse al resto de la Europa comunitaria. Allí se presentaron  varios candidatos de origen árabe a las elecciones al parlamento de Bruselas  en 2004, y ya eran treinta y seis los candidatos turcos en las elecciones de  2007. Lógicamente, esos candidatos no deben serlo únicamente de sus  propias fuerzas sociales, puesto que eso serviría básicamente para introducir  la representación tribal en el parlamento, es decir, para reproducir en la  arena política los conflictos de la sociedad, es decir, para politizar unas  diferencias que también en ese ámbito se revelarían insalvables. Por lo  demás, la concesión de derechos políticos que les permita representar sus  intereses y su mundo en general, será también el punto de partida para ir  desintegrando ese mundo falsamente unitario en el que lo que los divide  pesa más que lo que los une, como muestra la milenaria guerra civil  religiosa que en su interior libran chiítas y sunnitas, así como la  

ininterrumpida estela de muerte que la jalona. Y es sólo un ejemplo,  aunque sea el más flagrante de todos. 

Tal es, resumido, el esfuerzo que corresponde hacer a los europeos, a fin  de no reeditar mezquindades pasadas, como la de profesarse liberales al  tiempo que practicaban una política colonial; deben, pues, mostrar que el  humanismo democrático es extensible y compartible. A cambio, deben  exigir a los musulmanes que reconozcan los derechos humanos como  derechos universales –puesto que, además, lo son: recuérdese la  Declaración Universal de los DH de 1950, aprobada por todos los Estados  miembros–, en los que cristaliza la dignidad humana y se reconoce la  capacidad de acción de un ser responsable de sus actos, así como el respeto  que merece por ello (un ser, por cierto, engullido por la Umma, que no deja  de él ni rastro de su individualidad). Nada debe ser tolerado de la ideología  islámica que los infrinja, puesto que toda cesión en este campo es un paso  más para dejar las cosas como están, cuando no para cambiar directamente  hacia peor.  En resumen. La situación colonial del islam europeo constituye a día de  hoy una frontera en el interior del territorio de la UE. El ciclo integrador ya  abierto y que se debe ampliar no garantiza el éxito que la derribe, aunque  debe intentarse porque, de otro modo, al final espera Huntington. El terror  producido por islamistas perfectamente integrados vuelve una y otra vez  sobre todo intento de hallar una solución, diseminando un reguero de  escepticismo sobre la misma. Pero en la idea occidental de frontera no se  contiene sólo su esencia separadora y divisoria que crea dos mundos, el  nosotros y el ellos, sino que hay igualmente, y tan esencial como aquélla  aunque menos poderosa, una zona de penumbra, porosa y vital, que  correlaciona a ambos sujetos, transgrede el mundo normativo oficial y ofrece cobijo a lo nuevo, a lo extraordinario, a lo marginado, dando lugar a  un mundo específico en el que el apestado convive con el inquisidor, y el  bien y el mal a veces se intercambian o superponen. Es posible que la  misma necesidad, y, en suma, el fisiológico deseo de vivir, sinteticen las  opciones opuestas en un marco de acción pragmática que corrija las  tiranteces de ambos enemigos y les vea unidos en un orden democrático que  se ha hecho más fuerte a base de incluir en su seno la diferencia encarnada  en todo lo digno de la cosmovisión islámica. No es seguro que vaya a tener  lugar, ni que aun con el deseo favorable de las partes vaya a haber tiempo  para ello. Pero sí parece seguro que el fracaso en el diálogo no dejará las  cosas como están, sino que acelerará un conflicto del que muchos de sus  signos se hallan presentes en el horizonte. No creo que, de producirse, la  humanidad que salga de él sea reconocible en la que hay, si es que sale algo  más que destrucción y muerte. Las cenizas que para entonces cubran la tierra serán la triunfal bandera que la victoria del fanatismo hará ondear  sobre ella.

O, por decirlo en términos históricos: es hora de obligar a los musulmanes  a vivir una segunda modernidad que, a diferencia de la primera, y en  contraposición a la Ilustración europea, no suponga una reconciliación con  el pasado, sino una neta superación de aquél. Por eso no deben tolerarse  las escuelas islámicas tout court, sino que las que se autoricen deberán  enseñar una especie de educación cívica que impida a los niños  musulmanes europeos aprender enseñanzas como las que reciben sus  correligionarios de Gaza gracias a la escuela y a la televisión pública Al 

Aqsa, a saber: la predicación del martirio de los niños y el odio a Israel y al  “cerdo judío”. En este punto, alguien les debería recordar a estos integristas  lo que la pensadora marroquí Fátima Mernissi escribiera ya en 1992, a  saber: que “la fuerza del Occidente moderno la forjó el Estado, propagando,  a través de las escuelas públicas, ese humanismo al que las masas árabes  nunca tuvieron derecho”. En esa tesitura, es probable que la propia sociedad  reivindicara por sí misma mejores maestros y otras enseñanzas.

.

03/09/2009
Data
Autore

Non utilizziamo cookies di tracciamento degli utenti o di profilazione. Per saperne di più puoi visitare la pagina relativa ai cookies.