Acción moral y sociedad cosificada en Th. W. Adorno

La revisión de la contemporaneidad de la filosofía a la luz del derrumbe de los ideales modernos de racionalidad y emancipación constituye una temática constante en la obra de  Adorno, que alcanzará uno de sus momento decisivos en Dialéctica de la Ilustración, la obra  que escribió junto a Horkheimer y que será uno de los hitos del pensamiento de la segunda  mitad del siglo XX. Ese texto da cuenta de un horizonte histórico y filosófico distinto al que  enmarcaba su programa de los años treinta. El auge del fascismo en Europa (que había obligado  a la mayoría de los miembros del Instituto a trasladarse a Inglaterra y a Estados Unidos) y el  declive del socialismo en la Unión Soviética son ejemplos notorios de ese horizonte desde  donde podía constatarse el fracaso de esos ideales y del pensamiento ilustrado y las  posibilidades de emancipación social.  El problema al que debe hacer frente toda filosofía emancipadora es el de aplicar a esta  nueva situación los principios de la filosofía materialista clásica, sobre todo los referidos a los  conceptos de teoría y de praxis. Se trata de la pregunta acerca de la forma adecuada de  comprenderlos una vez que el pensamiento filosófico aparece despojado de sus pretensiones de  totalidad y sentido, y la acción práctica se torna debilitada. Adorno propone una formulación  distinta de teoría y de praxis en la que no sólo sean capaces de reconocer la lógica de dominio  sobre la que se articula el proceso civilizador, sino que, además vean en sí mismas la  reproducción de este dominio. Una pregunta que será contestada a partir de una autocrítica del  pensamiento y de la acción. Su dialéctica negativa aparece entonces no sólo como una  metacrítica de la teoría del conocimiento, sino también como crítica social. Esto es, como  cuestionadora del ideal tradicional de fundamentación epistemológica y de praxis social que éste 

legitima. Este concepto de “praxis emancipadora” será, precisamente, una de sus principales  aportaciones de Adorno sobre la ética y sobre la filosofía práctica.  

A lo largo de su obra Adorno, y en numerosas ocasiones, se enfrenta a la conocida undécima tesis sobre Feuerbach de Marx, donde se sostiene que ya no se trata de interpretar el  mundo, sino de transformarlo. A la luz de las nuevas circunstancias históricas constata, sin  embargo, la desaparición de la posibilidad real de una revolución transformadora debido a la  pérdida de la función liberadora de la praxis sometida –como muchas experiencias vitales- a la  lógica del intercambio y convertida en un instrumento más de dominación. Muchos activistas de  la izquierda alemana creyeron ver en esta posición de Adorno una suerte de “estrategia de  hibernación”, una actitud de resignación que entraba en contradicción frente a algunas tesis que  se derivan de su teoría crítica social. Sin embargo, su denuncia no se dirige a la capacidad de  acción transformadora como tal, sino a un concepto de praxis ciego, devenido 

“pseudoactividad”, sin vínculos con la reflexión teórica y que se entrega irracionalmente a la  actividad. La praxis que verdaderamente pudiera corresponder a la idea de emancipación le  resulta obstruida. De ahí su insistencia en reflexionar sobre los motivos y las causas de esta  obstrucción. 

«el pensador intransigentemente crítico, que no subordina su conciencia ni tampoco  se aterroriza por la acción, es en verdad aquél que no se da por vencido. El  pensamiento abierto apunta mucho más allá de sí mismo. Además, adopta su  posición como figuración de una praxis que está más estrechamente relacionada  con esa praxis envuelta en un proceso de cambio, que una posición de simple  obediencia en aras de la praxis». La teoría, afirma, no puede ni debe sustituir a la praxis. Frente al reduccionismo de la  prima philosophia, la filosofía dialéctica exige tomar en consideración tanto el momento de  afinidad que existe entre ambas, como su irreductibilidad. Esto significa no sólo que la praxis  está, desde el principio, mediada teóricamente, sino que el pensamiento es producto de la praxis  social. Se trata, por tanto, como apunta, de la necesidad de establecer una consciencia de ambas  que ni las separe (de tal modo que la teoría se vuelva imponente y la praxis arbitraria), ni de que  se quiebre la teoría por medio del primado de la razón práctica, tal como había proclamado  Kant. «El pensamiento», escribe, «es un hacer y la teoría, una figura de la praxis». La  mediación entre teoría y praxis significa, por tanto, referir la acción a una consciencia teórica plena que, al mismo tiempo, se encuentre atravesada por algo distinto a ella, el impulso  somático. Pues en esta mediación ve el único camino posible para el rescate de los «jalones de  libertad» en un mundo que parece dirigirse hacia la administración total. Es en esta  interpretación dialéctica de la mediación entre teoría y praxis, y en la reflexión sobre las causas  de obstrucción de la praxis que degenera en dominio, desde donde es posible cifrar los  componentes fundamentales de la filosofía moral de Adorno.

Las reflexiones de Adorno sobre moral aparecen atravesadas por su concepción  materialista y dialéctica de la filosofía. El tema principal al que hará frente es la pregunta acerca 

de la posibilidad de la acción moral en el medio de ese mundo administrado. Frente a las  interpretaciones universalistas y abstractas de la conducta moral, su teoría moral se presenta  como una “negativa” y “materialista”; una teoría que pone en primer plano la interpretación  filosófica del comportamiento moral dentro de una totalidad sociohistórica. Estos elementos  aparecen en dos de las principales lecciones que imparte en la Universidad de Frankfurt a  comienzos de los años sesenta: Probleme der Moralphilosophie y Zur Lehre von der  Geschichte und der Freiheit. En ellas se detiene em algunos de los temas fundamentales de la  filosofía moral (como la cuestión de la libertad o el concepto de progreso) a partir de una reflexión sobre la filosofía de la historia.  

Adorno identifica el formalismo como un componente problemático de la perspectiva  universalista en la filosofía práctica que pretende la racionalización de las prácticas morales. En  este sentido, para él, filosofía moral de Kant constituye un exponente ejemplar. La libertad – como afirma en esas Vorlesungen– constituye la categoría moral por excelencia de la filosofía  moral kantiana. En ella, el sujeto de la moral se define como autónomo a partir de su capacidad  para darse a sí mismo las leyes que pueden sus acciones. Por eso, la idea de autolegislación se  entiende como la capacidad que tiene el sujeto para identificarse con la estructura universal de  la ley. El estricto formalismo de la ética kantiana que garantiza su universalidad exige, pues, el 

sometimiento de lo particular. El joven Horkheimer ya había señalado como uno de los puntos  fundamentales del programa de la Teoría Crítica la superación de la moral kantiana por medio  de una moral materialista. A diferencia de los planteamientos de las éticas idealistas, en las que  se circunscribe la kantiana, el materialismo considera «la aspiración del hombre a la propia  felicidad como un hecho natural que no necesita una justificación». De esta aspiración, sin  embargo, no se siguen otras naturales, de carácter fijo, sino cambiables, pues se hallan expuestas  a cada situación histórica concreta.  Siguiendo estos planteamientos esbozados por Horkheimer en los años veinte, la  propuesta materialista de Adorno pretende desenmascarar la moral kantiana y, más  concretamente, su núcleo: el imperativo categórico; un imperativo que interpreta como una  expresión ideológica de la sociedad moderna que, incapaz de tomar consciencia de su momento  material, acaba por encubrir y legitimar la escisión entre el individuo y la sociedad. Lo que  Adorno critica es la incapacidad para concebir el anclaje de la acción moral en la experiencia  real, algo que impide de igual modo tomar en serio las consecuencias que ésta tiene para el  individuo. De ahí que, en uno de sus últimos ensayos formule un nuevo imperativo categórico,  consistente en «orientar el pensamiento y acción de modo que Auschwitz no se repita, que no  vuelva a ocurrir nada semejante» que sintetiza el programa de su materialismo moral. De esto  se desprende que uno de los aspectos fundamentales que permiten reconstruir su propuesta  moral como una renuncia a formular una ética afirmativa y sistemática mediante normas  positivas. Para él, la norma moral establecida afirmativamente como una suerte de receta a  priori acerca de cómo hay que actuar, termina por cosificarse y por perder su carácter crítico.  Por eso, frente a los fundamentos positivos y el formalismo de las éticas normativas que se  muestran ajenas a todo contenido real, la negatividad ética de Adorno evita la abstracción de la  universalidad, pues la sujeta a un proceso de desarrollo histórico concreto. Las normas, como  afirma en esas lecciones de Frankfurt, han de generarse en la experiencia concreta y real de los  individuos y, al mismo tiempo, generar un contenido concreto, si se quiere evitar su parálisis y  estancamiento. Esto no significa, sin embargo, la pérdida de la pretensión de universalidad de  la moral y su encerramiento en meros casos particulares. Su moral no nace de la interioridad de  la razón, sino de algo externo a ella, de una experiencia material y concreta. Y es en este  sentido en el que la moral se convierte en heterónoma. Pues sólo una teoría materialista de la  historia y de lo social, es capaz de explicar las causas históricas y sociales de la parálisis de la  praxis y, al tiempo, retomar los impulsos críticos y liberadores de la tradición ilustrada. Por eso,  

adopta la figura de una crítica de la moral motivada moralmente que se hace consciente de la  mácula de dominación social que la atraviesa.  

«La moral misma es contradictoria en sí, pues significa siempre y a la vez libertad y opresión. Esto determina la actitud que ha de tomar el pensador. Tiene que estar  tanto a favor de la moral, como en su contra (…) Criticar la moral no significa que  se defienda, sin más, una contramoral (…) En una auténtica crítica de la moral, que  es al mismo tiempo positiva (en tanto que su negación encierra una referencia a lo  que es mejor), no hay que limitarse a rechazar o eliminar simplemente la moral,  sino que se debe confrontar con su propio concepto, y plantear, así, la cuestión de  si la moral es “moral” o si satisface los principios que contiene».

Uno de los principales desafíos a los que hace frente a la filosofía de Adorno es el de  mantener un modelo de libertad y de emancipación en un momento histórico en el que parecen haber entrado en crisis. La necesidad de una revisión de los planteamientos ilustrados, orientados a la pregunta por las causas que han provocado el incumplimiento de sus pronósticos, será una constante en la construcción de su dialéctica materialista y negativa. Por eso, si desde  el comienzo sus trabajos atendían a las causas que habían incumplido las promesas liberadoras  de la filosofía marxiana, el proyecto de una lógica materialista (que si bien proyectó elaborar,  jamás realizó) se encontrará ahora atravesado por las consecuencias que le habrían impuesto los  resultados de la dialéctica de la modernidad y la ilustración: la conciencia de la imbricación  entre razón y dominio. Analizar las patologías de la razón supone, pues, comprender la teoría  crítica de la sociedad como una reflexión sobre la irracionalidad a la que se ve abocado el curso de la historia y que obstruye el proyecto de una auténtica emancipación práctica del individuo  

Adorno recupera el concepto de Naturgeschichte o historia natural (no sólo a través de  Lukács y de su Teoría de la novela, sino de los ensayos de Benjamin), sobre el que había  trabajado en los años veinte, para convertirlo ahora en el paradigma de interpretación de la  historia de la civilización europea. Por medio de ese concepto trata de analizar la sociedad  moderna a partir del desarrollo pseudonatural de la razón en la historia que, lejos de alcanzar un  estado de emancipación y de liberación, termina al borde del abismo de la integración total.  Comprender «por qué la humanidad, en lugar de alcanzar un estado verdaderamente humano  termina por hundirse en una nueva forma de barbarie» implica abordar el diagnóstico de la  autodestrucción de la Ilustración. Algo que ha dado lugar a que una parte importante de la  recepción bibliográfica, con Habermas a la cabeza, haya visto en los trabajos de Adorno un  cambio de orientación de su pensamiento basado en el abandono de sus presupuestos  emancipadores iniciales y en la disolución de su potencial crítico y práctico, a favor de una  filosofía de la historia pesimista. La Teoría Crítica, según esta lectura, termina por caer en  aporías indisolubles que socavan cualquier posibilidad de transformación de las relaciones de  dominio.  

Sin embargo, en el caso de Adorno no parece existir ese cambio de orientación radical,  sino más bien una evolución en sus temas (en todo caso habría que hablar de ciertas  modulaciones o cambios de acento). Ya sus primeros trabajos habían dibujado una dialéctica materialista entendida como desciframiento de la realidad social. La defensa de una  comprensión materialista de la filosofía como interpretación revelaba en la idea del fenómeno  su contenido histórico y social determinado, con el fin de que la totalidad perdiera su falso  

carácter de necesidad y se desvelara como una primera naturaleza cosificada. La insistencia en 

la naturaleza cosificada de la realidad histórica y el deseo de poner al descubierto su correcta  interpretación, fue uno de sus propósitos centrales en su relectura del materialismo; una idea de  la que nunca llegaría a apartarse por completo. Por eso, su dialéctica materialista no trata de  retornar a posiciones anteriores a la Ilustración, sino que insiste en las mismas contradicciones u  aporías de lo histórico para leer en ellas, a contrapelo, las figuras enigmáticas por desplegar. No  trata de indagar en algún sentido oculto tras la historia, sino que busca hacer visible el  sinsentido en el que ha degenerado, para sacar a la luz aquello que quedó pendiente u olvidado. 

El impulso materialista de su filosofía apunta al diagnóstico y a la abolición de los  mecanismos que se ocultan en la sociedad capitalista y que, en última instancia suponen el  «bloqueo de la libertad». Para la Teoría Crítica, estos mecanismos no son fenómenos  accidentales que acompañan al desarrollo de la sociedad burguesa, sino consecuencias derivadas  de la estructura cosificada y deformada del sistema capitalista. Por eso sus reflexiones sobre la  moral tienen como trasfondo la teoría marxista y luckasiana de la cosificación. Asume la teoría  marxiana de la mercancía para comprender el principio de intercambio como elemento  determinante en la sociedad burguesa. Entiende la mercancía como «jeroglífico social», cuyo  desciframiento permite explicar la ley del valor como un universal de la economía capitalista y, con ello, además, la raíz ideológica de la sociedad, su carácter fetichista. Sin embargo, su interés  no se dirige al análisis teórico del principio de intercambio, ni a las formas que éste ha adoptado  históricamente, sino a las consecuencias que imprimen la abstracción y la equivalencia sobre  las relaciones sociales, cuando las convierte en entidades de apariencia inevitable.  

La equivalencia entre las mercancías se basa en un proceso de abstracción que reduce  los valores intercambiados y que acaba por relegar o eliminar sus componentes cualitativos. Por  eso, tanto el trabajo individual como sus objetos son convertidos en magnitudes homogéneas  gracias al carácter abstracto de la ley del intercambio. Con la eliminación de los componentes  cualitativos y la reducción de todos los valores de uso a valores de cambio idénticos, el  principio de intercambio adquiere validez universal. Sin embargo, Adorno muestra que en él no 

sólo se da una opresión de índole económica, sino una forma general de dominio de lo particular  por lo universal, pues comprende el intercambio como una categoría histórico-social situada a la  base de la cosificación de la intersubjetividad que tiene lugar en la sociedad moderna y del  dominio al que se encuentran sometidos los individuos. Lo que está en juego, por tanto, es la  posibilidad de relaciones de interacción no atravesadas por la instrumentalización de las  relaciones sociales como mercancía. Es decir, la posibilidad de actuar moralmente en una  sociedad deshumanizada y aún no emancipada, problema fundamental del que se ocupa su filosofía moral. 

La conocida sentencia de Minima Moralia «no hay vida justa en medio de la vida falsa» señala de qué manera la conciencia de una vida lograda depende de la eliminación de esta  obstrucción y parálisis en lo social. En la sociedad cosificada por el sistema de producción de  mercancías no es posible hablar de una forma de libertad individual que no participe de la  opresión. Los sistemas sociales cosificados y deshumanizados, acaban por cosificar y por  restringir los intentos de actuar y de vivir moralmente. Lo que Adorno pretende denunciar es la  mentira que supone una sociedad orientada a alcanzar un nivel de vida humana moralmente  digna y en complicidad con estas estructuras de dominio. «No hay emancipación posible sin la  emancipación de la sociedad». Coincide con Marx en entender la libertad y la autonomía de la  conciencia como elementos aún por conquistar, a los que les corresponde (siguiendo también  aquí a Marx) la idea de una prehistoria (Vorgeshichte) del sujeto como historia del dominio de  la naturaleza interna y externa. La determinación negativa de la filosofía de Adorno le impide  aceptar la idea de una libertad individual plena en una sociedad libre, de la misma forma que no  puede existir vida justa en la sociedad injusta: «En la sociedad socializada todos los individuos son incapaces de lo moral que  socialmente se exige pero que, en realidad, sólo existiría en una sociedad liberada.  La única moral social sería acabar de una vez con la mala infinitud, con el maldito  canje de la compensación.. Sin embargo, al individuo no le queda de moral más  que aquello para lo que la teoría moral kantiana, que a los animales les concede  inclinación y no respeto, sólo tiene desperdicio: intentar vivir de tal modo que se  pueda creer haber sido un buen animal»

La forma de las normas morales en la filosofía de Adorno es siempre negativa, frente a  las teorías morales tradicionales que se han afanado en la búsqueda de una definición del bien,  la libertad o la felicidad. La acción moral, por tanto, no parte del conocimiento del bien, de la  «buena voluntad» o del ideal de una humanidad realizada, sino de una experiencia histórica de  sufrimiento real. Por eso, el aprendizaje moral tiene lugar desde la experiencia del mal, pues  contra ésta se alzan las normas morales. No deriva de la razón pura ni se puede imponer como 

un imperativo categórico, sino que arranca del dolor concreto, de la historia del sufrimiento y  del convencimiento de que el horror no debe ser (y también de la pequeña esperanza, con cierto  aroma mesiánico –y, por supuesto, nada fundamentada- de que el horror tenga la última palabra,  como esboza en el parágrafo “metafísica por la ranura” de Dialéctica negativa). Y, de la misma  forma, la aspiración a la felicidad no procede de una razón abstracta, sino de las condiciones  objetivas y materiales. Y, aunque esta idea ya aparece en las primeras formulaciones de  Horkheimer sobre la Teoría Crítica, es la experiencia del totalitarismo nazi la que termina por  ganar un sentido pleno dentro de la filosofía de Adorno:  

«No podemos saber qué es el bien absoluto, la norma absoluta, incluso qué es el  ser humano, o lo humano y la humanidad. Pero qué es lo inhumano lo sabemos  perfectamente. Diría que el lugar de la filosofía moral ha de buscarse hoy más en la denuncia concreta de lo inhumano que en un posicionamiento abstracto y no  comprometido sobre el ser del hombre».

De estos textos se desprende la exigencia adorniana de atender a la tensión que se da  entre un doble componente descriptivo y crítico que ve presente en toda filosofía de inspiración  materialista. Se trata de pensar la contradicción que existe entre la renuncia a comprender el  transcurrir histórico como una totalidad de sentido y, a la vez, el hecho de que sólo en él y en su  asimilación resida la posibilidad real de su transformación. Ante el reproche que, con  frecuencia, se hace a la filosofía materialista de fracasar en su intento de conciliar determinismo  y libertad, Adorno insistirá en una toma de partido a favor del desvelamiento de las  contradicciones que aparecen en lo real cuando el ejercicio de la libertad se convierte en  dogmático. En Minima Moralia utiliza la expresión «vollendete Negativität» para designar tanto  lo existente negativo como la posibilidad concreta de su mejora. Expresa la resistencia a pensar  la felicidad, la libertad o la moral al margen de la historia real del sufrimiento. Por eso, el  rechazo de «una vida justa en medio de la falsa» no puede interpretarse como índice de un  pesimismo resignado ante la realidad. Pero tampoco la moral material ofrece paraísos o  consuelo alguno. No es una metafísica de la historia (ni siquiera una negativa, como algún  interprete ha pretendido subrayar). La emancipación verdadera sólo es alcanzable a través de un  desenvolvimiento de la razón en la que ésta tome conciencia de su ser-material y de sus  pretensiones de dominio, pues sólo así logra rescatar el potencial utópico que se esconde en lo  negativo. Para él, la posibilidad de una vida «no reglada» no depende de una tercera vía, sino  que se encuentran inserta en la misma realidad: es la experimentación de la negatividad dentro  de la positividad dominante. 

En este sentido, no pretende iluminar las grietas que se abren en lo real con una  pretensión armonizadora o justificadora. La orientación materialista de su pensamiento no le  

conduce a una concepción pesimista y paralizada de la historia, como sostuvo Habermas. No

renuncia al contenido utópico que puede albergar lo normativo frente a lo fáctico. Se trata, por  el contrario, de un impulso dirigido a la búsqueda de nuevas vías para la teoría y para la praxis  con las que lograr la abolición de la lógica de dominio que pesa sobre los individuos. Constituye el intento de insertar este componente práctico en la teoría de lo social, precisamente contra la  destrucción de lo moral. Es, en sus palabras, la «emergencia de impulsos de oposición frente a  la dominación ciega, de libertad para fines elegidos racionalmente, de asco frente al mundo  como patraña y representación, y de recuerdo ante la posibilidad del cambio». Su materialismo  ético no puede ser entendido desde el diagnóstico de los rasgos dominantes de la sociedad  totalitaria, sino que insiste en la necesidad de rescatar el impuso libertador que pervive como  telos en toda filosofía materialista como su nervio utópico: la defensa de una teoría crítica del  pensamiento y de la praxis como metafísica negativa que logre asumir el carácter negativo de la  cultura y el potencial emancipador que en ella reside. Para él, utopía no sólo significa un  momento de protesta contra la lógica dominante que pesa sobre el individuo, sino también la  indicación de los medios adecuados (al menos de algunos indicios) para su transformación.  Algo que se expresa en un conocido fragmento de Minima Moralia (uno de los pocos ensayos  en los que su título –que con carga irónica opone al pasado filosófico- refleja un interés por la  filosofía práctica que siempre le acompañó): 

« el conocimiento no tiene otra luz iluminadora del mundo que la que arroja la idea  de la redención. Todo lo demás se agota en reconstrucciones y se reduce a mera  técnica. Es preciso fijar perspectivas en las que el mundo aparece trastocado,  enajenado, mostrando sus grietas y desgarros, menesteroso y deforme en el modo 

en que aparece bajo la luz mesiánica. Situarse en esa perspectiva, sin arbitrariedad  ni violencia, sino desde el contacto con los objetos, sólo le es posible al pensamiento»

El concepto de «utopía» que se destila de la filosofía materialista de Adorno no supone la  representación de un estado ideal situado al margen de lo existente. Por el contrario, todo  intento de aclarar el significado de esta noción ha de partir de la exigencia de un impulso que es  a la vez teórico y práctico. Pues el componente emancipador de su filosofía se dirige a la  liberación de las relaciones de dominio originadas en el entrelazamiento que tiene lugar entre  racionalidad y realidad social. Comprender la crítica al sujeto como crítica social significa dar  cuenta de la conexión entre el mecanismo de abstracción que regula el pensamiento y el  principio de intercambio que articula lo social. Una conexión que, para él, se establece a partir  de un principio de identidad que ejerce violencia sobre lo individual cuando lo integra en lo  general y convierte la realidad en un «contexto universal de sufrimiento» (universale  Unheilszusammenhang). La utopía materialista adorniana trata de hacer frente al sufrimiento  que genera la identidad y que se presenta bien bajo la forma de «fetichismo del concepto» (en el  caso de la teoría del conocimiento), o bien bajo la de «eliminación progresiva de lo individual»  (en el caso de la teoría social). Por eso, uno de los impulsos fundamentales que persigue su  filosofía desde sus inicios y que constituye, además, el telos de su pensamiento materialista es la  liberación del dolor y del sufrimiento que pesa sobre los individuos. En la obra de Adorno, el fenómeno del dolor aparece desde diferentes perspectivas: como  Grauen (violencia ejercida en el sujeto como naturaleza no reconciliada), como experiencia del  «contexto general de ofuscamiento» (Verblendugzusamennhang) o como dolor objetivo. Bajo  todas estas expresiones, el dolor constituye uno de los motivos fundamentales sobre los que  centra su pensamiento materialista, y también uno de sus componentes más específicos frente a  otras versiones del materialismo. Pese a que detecta una especial relación de todo materialismo 

con el placer, algo que subraya en numerosas ocasiones, siguiendo así uno de los hilos de la  historia del materialismo, lo cierto es que su interpretación negativa de la dialéctica lo hará  insistir en el momento del sufrimiento. En su opinión –y esta reflexión es una constante en sus  textos- la historia de la filosofía adolece de una falta de atención teórica sobre el sufrimiento.  

«En Tasso leemos que cuando el hombre enmudece en su tormento, un dios  le concede la posibilidad de decir que sufre. Esto es lo que inspira a la  filosofía. Casi podría decirse que [su olvido] se concreta en la pretensión de  querer traducir el dolor por medio del concepto».

El materialismo de Adorno aspira a abrirse a lo transitorio e individual que queda fuera de  la metafísica cerrada. Ya en su conferencia sobre la idea de Naturgeschichte se trasluce el deseo  de superar el concepto hegeliano de historia entendido a partir de la idea de una identidad entre  lo racional y lo real. Pues el mayor peligro que ve en esta metafísica de la historia es la  justificación del sufrimiento: «a la historicidad abstraída a partir de lo históricamente existente  le resbala el dolor, que por su parte tampoco se ha de ontologizar a través de la síntesis entre  naturaleza e historia». Así, frente a la aspiración hegeliana a la totalidad, sólo una filosofía  interpretativa que renuncie a la aspiración de aprehender el mundo como un todo puede guardar  lugar para un tratamiento filosófico del sufrimiento. Por esta razón, encontramos en el impulso  somático y material del dolor el momento utópico fundamental de su filosofía, el auténtico  motor de su pensamiento dialéctico y negativo. La expresión del dolor se convierte, pues, en el  motor de la praxis moral, y no la razón autolegisladora de corte kantiano. Pues es la necesidad  de poner fin al sufrimiento la que da justificación a la moral. El dolor representa, de un lado, un  

correctivo frente a la filosofía de la identidad, pues expresa sus grietas y fracturas, es decir, 

aquella dimensión de la experiencia que se resiste a ser clasificada. Por eso, la voz que arranca  desde el dolor interrumpe y desmiente la filosofía de la identidad. Pero, de otro lado, la  expresión del dolor lo es también de lo corporal y lo material, siempre oprimido a lo largo del  proceso civilizatorio y en la vida social. Y aquí reside, precisamente, su componente utópico: en  la vindicación el momento corporal-somático como momento de inquietud (Unruhe) para el  conocimiento. «La más mínima huella de sufrimiento en el mundo desmiente el pensamiento de  la identidad» y el momento corporal recuerda a la teoría del conocimiento que el sufrimiento  existe, y que, por tanto, esta situación debe ser transformada.  

«Por debajo de la historia conocida de Europa corre una historia subterránea. Es la  historia de la suerte de los instintos y las pasiones humanas reprimidos o desfigurados por la civilización». Esta cita de los «Apuntes y esbozos» de Dialéctica de la Ilustración presenta la  historia del sujeto moderno como la historia de una formación de la identidad racionalizada bajo  la represión de su naturaleza instintiva. Adorno y Horkheimer interpretan el proceso de  formación del sí-mismo como un proceso de educación y adiestramiento del cuerpo, de sus  componentes materiales y naturales, a fin de alcanzar una depuración total de la subjetividad;  como un olvido de la naturaleza a través del que el sujeto deviene, cada vez más, “puro  espíritu”: «el impulso forzado a la crueldad y a la destrucción surge de la represión orgánica de  la proximidad respecto al cuerpo (…). En la civilización occidental, y probablemente en todas,  el cuerpo es tabú, objeto de atracción y repugnancia». Sobre la base de esta idea se encuentra  la concepción idealista de un sujeto de conocimiento puro. Es decir, libre de cualquier tipo de  contaminación material, a través de un proceso de eliminación progresiva de sus componentes  naturales. Por eso, la «negación de la naturaleza en el hombre», o la amputación de la  conciencia de sí mismo como naturaleza, se interpreta como centro de la racionalidad 

civilizadora y, al mismo tiempo, como núcleo del componente de irracionalidad mítica que  persiste en la Ilustración, que ha sido incapaz de ilustrar a sí misma al respecto. 

Frente a la tendencia a la cosificación total que empuja al individuo al olvido de sus  componentes naturales, la dialéctica materialista de Adorno adopta como lema la recuperación  de la memoria de la naturaleza en el sujeto. Con ello pretende reformular la relación entre  naturaleza y espíritu como centro desde el que elaborar una definición distinta de sujeto: ni  espíritu puro, ni naturaleza ciega. El recuerdo de la naturaleza en el sujeto que se experimenta a  través del dolor trata de reconocer el dominio que tiene lugar cuando se produce esta separación.  Lo que implica, en primer lugar, un rechazo de la imagen de la subjetividad constitutiva (y  constituyente) en sí misma y, en segundo lugar, una llamada de atención sobre disolución del  momento somático que ha tenido lugar durante en el proceso civilizatorio y que se agudiza con  la modernidad. Esto conlleva, como su contrapartida, destacar la dimensión corporal y somática  del conocimiento. Ahí es donde encuentra un punto de confluencia con la teología, pues «allí  donde la filosofía es más materialista coincide con la teología. Su anhelo sería la resurrección de  la carne, algo totalmente ajeno al idealismo, el reino del espíritu absoluto». 

La recuperación de lo somático muestra de qué manera la ética adorniana encuentra un  contenido materialista, irresoluble, en las experiencias del sufrimiento, del dolor y de la muerte  real, del cadáver (frente a la muerte abstracta sobre la que, según él, habla el filosofar  heideggeriano de la muerte). Para Adorno, las normas éticas deben surgir de este impulso  mimético, como reacción ante una situación real y concreta. Sin embargo, el momento somático  no puede ser entendido como lo material inmediato, tal como se lleva a cabo en las filosofías  sensualistas. Pero tampoco se agota en la conciencia. Por el contrario, la sensación será 

comprendida como la condición no-conceptual del pensamiento, el «momento no puramente  cognitivo que pervive en el conocimiento». Por eso, el hecho de que los resultados del  conocimiento en el sujeto contengan una parte somática, no sólo tendrá consecuencias para la  concepción de la relación entre sujeto- objeto, sino además en la recuperación de la dignidad de  lo corporal, de lo físico, de manera que ya no puede ser espiritualizado como lo ha sido hasta el  momento. Recordar el momento de naturaleza que pervive en el sujeto, implica mostrar el  sufrimiento que ha producido la coacción, tanto sobre la naturaleza externa como sobre la  interna al sujeto. Supone, sostiene, una condición imprescindible para abolir la coacción y para  abrir una auténtica experiencia materialista del objeto; pues «sólo con el impulso corporal  aplacado se reconciliaría el espíritu y se convertiría en lo que no hace sino prometer desde hace  tanto tiempo como bajo la sujeción a las condiciones materiales niega la satisfacción de las  necesidades materiales». 

Las reflexiones de Adorno sobre moral (desde la perspectiva de su concepción  materialista y negativa de la filosofía) muestran su dirección hacia la emancipación del  individuo respecto a las relaciones de dominio de una sociedad que se le revela como  antagónica y totalitaria. Apunta a la exigencia de un pensamiento filosófico que preste voz y  palabra a aquello que se encuentra oprimido. La liberación del dolor constituye, pues, el telos de  su ética materialista. El dolor, plantea, desmiente el formalismo de éticas como la kantiana, al  expresar las grietas que existen en el momento de lo idéntico-racional y mostrar esa dimensión  de la experiencia que se resiste a ser cercenada y clasificada. Frente a la norma moral abstracta,  la acción moral en Adorno posee un contenido concreto, material e histórico. Precisamente por  ello, está abierta a la temporalidad concreta y se resiste a diluirse en lo universal y necesario, es  una norma contra las normas que nos exige y nos interpela para que nos hagamos cargo de  

nuestras acciones, y que nos obliga a pensar desde la solidaridad con lo sufriente. La filosofía encuentra, por tanto, el momento de reconciliación cuando el potencial crítico del pensamiento  hace justicia a lo negado y oprimido, cuando trae a la luz las heridas y asume lo trágico de esta  tarea. Y en este compromiso, la utopía no sólo significa un momento de protesta frente a la  lógica dominante que pesa sobre el individuo sino que también incluye la indicación de los  medios adecuados para su transformación. Se trata, pues, de abrir la posibilidad de una  experimentación de la negatividad dentro de la positividad dominante; algo que se traduce,  finalmente, en la búsqueda de nuevas vías para la teoría y para la praxis que, bajo la forma de  una experiencia metafísica y negativa, asuman el carácter negativo de la cultura y, con ello  precisamente, su potencial emanacipador. Ideas en las que no ha incidido suficientemente la  interpretación de su obra que arranca de eso que se ha dado en llamar “segunda generación” de la Teoría crítica y que también, en ocasiones, no han destacado con la profundidad que requiere  quienes tratan de ahondar en lo novedoso del materialismo adorniano.

24/10/2014
Data
Autore

Non utilizziamo cookies di tracciamento degli utenti o di profilazione. Per saperne di più puoi visitare la pagina relativa ai cookies.